¡Ramos, con un cabezazo mortífero roba triunfo al Barcelona en Camp Nou!

El fútbol puede ser un espectáculo maravilloso. Pero también monstruoso. Algunos de sus actores principales han priorizado durante años la aceleración del flujo del dinero, sin corbata y en calzones. Lo hacían mientras cuidaban su imagen, tanto en el césped como en el camerino. Cuando resulta cada vez más complicado tejer cantares de gesta y relatos de héroes, no queda otra que volver al punto de partida. Allí donde habitan los deportistas. Y pocos como Iniesta o Modric, hombres a quienes sólo hace falta una pelota para ser felices. Pero también como Sergio Ramos, ejemplar en el esfuerzo, para el que los partidos no acaban hasta que se derrama la última gota de sangre. El central del Real Madrid rescató un empate que el Barcelona sólo pudo asumir en silencio. Y con seis puntos de desventaja. Nada cambia.

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Supieron los blancos reaccionar a un gol de Luis Suárez que el equipo de Luis Enrique, con todo el segundo acto por jugarse, entendió como definitivo. Pensó el Barcelona que el Madrid podía pagar sus errores. Como tomarse con calma un partido que controló a sus anchas en el primer acto. Confiaba por entonces su suerte al imponente gobierno de Modric, alfa y omega desde el pivote. Aquel lugar desde donde Casemiro, no hace tanto, ordenaba el inicio de las escaramuzas. Zidane, esta vez sí, prefería dar la cara y no la espalda, emparejaba a Isco y Kovacic con André Gomes y Rakitic, y percutía por esa rendija que Sergi Roberto custodia como puede.

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El Barcelona, sin Iniesta en el once inicial, con el balón como gran enemigo, retaba al destino. Hasta el tanto de Suárez y el ingreso del manchego a la hora de juego, sólo podía ser ese equipo desnortado, plano, caótico en la construcción y condenado a las acciones episódicas. Sin posibilidad alguna de encontrar a Messi, con Neymar malviviendo entre resbalones y el ariete uruguayo entreteniéndose con las protestas. Lo visto ya tantas veces.

Sólo podía avanzar el Barcelona a partir de ese instinto animal de un futbolista como Luis Suárez. Y Neymar, en un saque de falta lateral enroscado hacia adentro, supo advertir la aparición del uruguayo en el área pequeña. Entre Lucas Vázquez y Varane. El cabezazo a gol, en la primera ocasión azulgrana de la tarde, mutó a los locales. Al compás de Iniesta. Pero también de Sergio Busquets, que encontraba por fin aliados para volver al lugar que el Barça de Luis Enrique nunca debió haber abandonado.

Aturdido el Real Madrid por un golpe que no esperaba, ya podía rescatar lo ocurrido al amanecer. Cuando Lucas Vázquez vio cómo Mascherano se lo llevaba por delante en el área sin que el colegiado, Clos Gómez, atendiera a razones. El central argentino debió sentirse con bula, porque un rato después agarró a Cristiano. Los jueces no advirtieron penalti, como tampoco lo hicieron cuando la pelota golpeó en el brazo estirado de Carvajal.

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Y Cristiano, que había comenzado la tarde corriendo como si no hubiera mañana, azotado por un Camp Nou insistente en que el fisco le señalara como lo hizo en su día con Messi, se sintió un incomprendido. Pasada la media hora logró asomar un rato. Primero, con un disparo que Ter Stegen acertó a rechazar. Después, con un ingreso por el centro cercenado a tiempo por Jordi Alba. Tan harto parecía el portugués que, cuando la pelota se había alejado definitivamente de su influencia, pareció decir aquello escrito por Dostoyevsky a cuento del torturado Raskolnikov: «¿Por qué mi acto os ha parecido monstruoso? Cortadme la cabeza, y asunto concluido». No sin antes, eso sí, de dejar al Camp Nou con respiración asistida con un cabezazo en el último suspiro que no encontró portería. La tarde aún no se había desmayado para Sergio Ramos.

Zidane había gestionado la desventaja con maestría, y jugueteó con los miedos de un Barcelona que penó los errores de Neymar y Messi en la definición. Borró a Isco para dar cuerda a Casemiro, eliminó a su ariete, el catatónico Benzema, recurrió al ilusionante Mariano y buscó soluciones en cargas que los azulgrana entendieron como golpes de gracia.

Al atormentado Burroughs le encantaba decir que «la desesperación es la materia prima del cambio drástico». Lo hizo el Real Madrid mientras Arda, irresponsable, hacía una falta a destiempo y Modric veía volar a Sergio Ramos. El silencio del Camp Nou estremeció. El Barcelona, esta vez quiso. Pero no dio para más.

(ElMundo)

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